por:  Antonio Hudtwalcker MoránLicenciado de la Pontificia Universidad Católica del Perú. 

Cerro Azul: arqueología, ecología y algo más 

(Parte I)   Publicado por islasdelperu 


El distrito de Cerro Azul se ubica a 132 Km al sur de la ciudad de Lima, es el puerto del litoral de la provincia de Cañete. La historia de Cerro Azul es amplia, en esta oportunidad me ocuparé principalmente de sus vestigios arqueológicos y de su ecología.

Su cercanía a la ciudad de Lima, hace de Cerro Azul un destino turístico de fácil acceso durante todo el año. Sus playas, cerros y farallones son lugares donde se puede observar la variada avifauna marina, impresionantes restos arqueológicos de la civilización Guarco y sobre todo, pasar momentos inolvidables en contacto directo con la naturaleza.

Lo primero que se aprecia al llegar a la extensa playa del puerto son el muelle y los cerros El Fraile y Centinela, los que representan el escenario donde se enmarca el presente artículo.


Un poco de historia: el señorío de Guarco


Este señorío abarcaba la zona baja del valle de Cañete, limitando por el norte y sur con los desiertos vecinos que delimitaban los campos de cultivo, siendo los vestigios arqueológicos de Cerro Azul el límite norteño y el río Cañete el límite sureño. La frontera occidental la constituyó el mar y la oriental fueron las tierras fértiles que se extendían a la vera del canal principal de irrigación, llamado en tiempos modernos María Angola (Rostworoski, 1989). 



Políticamente, los Guarco tenían frontera por el este con el señorío de Lunahuaná, el cual ocupaba el valle medio de Cañete; hacia el sur, se encontraba el señorío de Chincha y por el norte el señorío Ichma (Guzmán, 2004).


El sitio arqueológico de Cerro Azul es un gran asentamiento urbano compuesto de una serie de edificaciones variadas y representa uno de los principales complejos arquitectónicos en el valle de Cañete. Fue construido por la sociedad del señorío de Guarco durante el Periodo Intermedio Tardío (1100-1470 d.C.) y durante el Periodo Horizonte Tardío (1470-1532 d.C.) el sitio siguió funcionando como un núcleo estratégico de la administración incaica en la costa central del Perú. El asentamiento está organizado en tres sectores diferenciados: el primero, corresponde con estructuras de la época inca, ubicadas muy cerca del acantilado y sobre los cerros Centinela y El Fraile; el segundo compuesto por más de 12 conjuntos arquitectónicos preincaicos construidos en tapial y asentados entre la falda del cerro Camacho y la playa al sur del acantilado; finalmente, el tercer sector que corresponde con terrazas artificiales en las laderas oeste del cerro Camacho, en este sector se encuentran contextos funerarios y estructuras menores (Guzmán, ibid.).



En las crónicas de Cieza de León (1533/1985), Acosta (1590/1962), Garcilaso de la Vega (1609/1943) y de Cobo (1653/1964) se narra la lucha que sostuvieron los incas durante varios años para controlar el valle de Cañete y también se encuentra una descripción de la “fortaleza” de Guarco, ubicada en el cerro Centinela, mandada a construir por Pachacútec y terminada por Túpac Yupanqui.

“(…) Y que como los ingas viniesen conquistando y haciéndose señores de todo lo que vían, no queriendo estos naturales quedar por sus vasallos, (…) se mostraron tan valerosos que sostuvieron la guerra y la mantuvieron, (…) más tiempo de cuatro años, (…) después de haber los del Guarco y sus valedores hecho hasta lo último que pudieron, fueron vencidos y puestos en servidumbre del rey tirano (…). No embargante que por triunfo de su victoria mando edificar en un collado alto del valle la más agraciada y vistosa fortaleza que había en todo el reino del Perú, fundada sobre grandes losas cuadradas, y las portadas muy bien hechas y los recebimientos y patios grandes. De lo más alto desta casa real abajaba una escalera de piedra que llegaba hasta el mar; tanto, que las mismas ondas della baten en el edificio con tan grande ímpetu y fuerza, que pone grande admiración pensar como se pudo labrar de la manera tan prima y fuerte que tiene. Estaba en su tiempo esta fortaleza muy adornada de pinturas, y antiguamente había mucho tesoro en ellas de los reyes ingas. Todo el edificio desta fuerza, aunque es tanto como tengo dicho, y las piedras muy grandes, no se parece mezcla ni señal de cómo las piedras encajan unas en otras, y están tan apegadas que a mala vez se parece la juntura. Cuando este edificio se hizo dicen que, llegando a lo interior de la peña con sus picos y herramientas, hicieron concavidades, en las cuales, habiendo socavado, ponían encima grandes losas y piedras; de manera que con tal cimiento quedó el edificio tan fuerte. Y cierto, para ser obra hecha por estos indios, es digna de loor y que causa a los que la ven admiración; aunque está desierta y ruinada, se ve haber sido lo que dicen en lo pasado. Y donde es esta fortaleza y lo que ha quedado de la del Cuzco, me parece a mí que se debía mandar, so graves penas, que los españoles ni los indios no acabasen de deshacerlas, porque estos dos edificios son los que en todo el Perú parecen fuertes y más de ver, y aun, andando los tiempos, podrían aprovechar para algunos efetos. (…)” (Cieza de León, ibid.).

Durante fines del siglo XIX y primeras décadas del XX, varios fueron los viajeros y estudiosos que realizaron descripciones y anotaciones sobre los restos arqueológicos del valle de Cañete, entre los que podemos mencionar a Squier, Middendorf, Larrabure y Unanue y el sacerdote Villar Córdova.


De todos ellos, deseo mencionar el testimonio de Larrabure y Unanue (1871), quien llamó la atención respecto al lamentable estado de conservación del “Monumento de Hervae” (nombre asignado por este estudioso a los vestigios arqueológicos de Cerro Azul) y de la amenaza a la que estaban expuestas sus magníficas construcciones por parte de los propios pobladores de la localidad en busca de tesoros supuestamente escondidos por los incas; asimismo, emplazó a las autoridades y en especial a las municipales, para que se dictasen las medidas pertinentes a fin de salvaguardar los vestigios culturales existentes. Este ilustre estadista, historiador, diplomático y escritor, percibió la importancia de la conservación, protección y difusión del patrimonio cultural como fuente del verdadero conocimiento de la historia cultural del antiguo Perú.


“(…) Seria muy conveniente que los hacendados de cañete tomasen interés en la conservación de estos vestigios de la antigüedad: creemos que las autoridades, y sobre todo los municipios, deben también dictar las medidas más oportunas á fin de que no se destruyan las importantes huacas de la provincia. Si hoy parecen inútiles; si hoy se mira con el mayor desprecio esos restos del antiguo esplendor del Perú, un día llegará en que los hombres estudiosos vayan allí á pasar sus mejores momentos, traduciendo en esos muros que se derrumban la historia de tres generaciones. (…) Es preciso no olvidar que la verdadera historia del Perú está escrita en sus numerosas huacas, solamente visitando y registrando estas podemos llegar á un conocimiento, más o menos exacto, de la industria, el comercio y la cultura de los antiguos peruanos. (…)” (Larrabure y Unanue, ibid.).


El primero en realizar excavaciones arqueológicas científicas en el sitio de Cerro Azul fue Alfred Kroeber alrededor del año 1925, de acuerdo con su mapa esquemático, el sitio se constituye de diez estructuras mayores (A-J), dos estructuras pequeñas y 13 quebradas (Marcus, 2008). Asignó las construcciones a su período “Cañete Tardío” (correspondiente con el Período Intermedio Tardío) y postula que no se trató de una ciudad sino de un centro ceremonial, donde la población de pescadores del señorío realizaba ritos vinculados con el mar (Rostworoski, ibid.).


Durante la década de 1980, Joyce Marcus realizó investigaciones con excavaciones arqueológicas sistemáticas en cuatro estructuras arquitectónicas en Cerro Azul (1, 3, D y 9). Las dos primeras (1 y 3) son del periodo de dominación inca (Horizonte Tardío) y tienen las características estilísticas de la arquitectura clásica inca, principalmente con relación al trabajo de mampostería y el diseño de hornacinas trapezoidales. Las dos restantes (D y 9) fueron edificadas por los Guarco (Intermedio Tardío) y luego reutilizadas por los incas (Guzmán, ibid.).


La Estructura 1 se ubica en el cerro El Fraile, corresponde con un edificio rectangular construido con adobes y los clásicos nichos trapezoidales incaicos, además de escaleras, rampas, muros de piedra en el acantilado y un mirador especial en las peñas ubicadas frente al mar. Su ubicación estratégica y arquitectura integrada en la naturaleza, sugieren que la estructura tuviera funciones de observatorio y control del tiempo, así como de realización de rituales mágico religiosos. La Estructura 3 se encuentra en el cerro Centinela, es una construcción de forma ovalada y su perímetro está conformado por basamentos de mampostería (sillar rosado de origen volcánico) de tipo almohadillado adheridos a la roca madre. Por sus características arquitectónicas, es probable que esta estructura corresponda con la descrita por Cieza de León. Las Estructuras D y 9 se encuentran en la parte central de la explanada entre las faldas del cerro Camacho y la playa al sur del acantilado (segundo sector del sitio arqueológico), se caracterizan por la recurrencia de recintos destinados al secado y almacenamiento de grandes cantidades de pescado. Estas estructuras tuvieron una función administrativa e indican la existencia de criterios de reciprocidad y redistribución vitales para celebrar actos rituales en los espacios públicos para lograr el ordenamiento equilibrado de la sociedad (Guzmán, ibid.).




Entre los meses de febrero y octubre del año 2002, el arquitecto Miguel Guzmán realizó el levantamiento arquitectónico de la Estructura I, ubicada en la parte meridional del segundo sector del sitio arqueológico, sus investigaciones determinaron que esta estructura fue construida en tapial y está conformada por grandes plataformas superpuestas. Además realizó mediciones de carácter astronómico, que determinaron correspondencias con las constelaciones Cruz del Sur y Cola de Escorpio, ambas fueron importantes indicadores en el antiguo mundo andino para la determinación de los ciclos temporales y la instalación de calendarios rituales que establecían la reciprocidad con la naturaleza y la cohesión social. Aunque no realizó excavaciones arqueológicas, propone que la estructura tuvo función ceremonial y cronológicamente pertenece al Período Intermedio Tardío. Asimismo, Guzmán complementa los mapas esquemáticos del sitio presentados por Kroeber y Marcus (Marcus, ibid.), incluyendo tres estructuras adicionales (K, L y M). La Estructura M ubicada al oeste de la Estructura D y la Estructura L al norte de la Estructura J, estaban incluidas en el mapa esquemático de Marcus, pero no recibieron denominación por parte de esta investigadora. Finalmente la Estructura K, ubicada al sur de las Estructuras I y J, es una edificación que no había sido registrada anteriormente. De acuerdo con la propuesta de Guzmán, la Estructura K por estar ubicada en el extremo meridional del sitio, pudo ser el acceso al centro ceremonial y puerta de comunicación con el valle hacia el sur (Guzmán, ibid.).


Por las fuentes escritas de los siglos XVI y XVII de nuestra era, se sabe que la conquista Inca del valle de Cañete fue un proceso que duró varios años y que concluyó cuando los ejércitos de Túpac Yupanqui, gracias a una estrategia propuesta por su coya Mama Ocllo, lograron controlar el sitio de Cerro Azul.


“(…) nombró el Inca por visitador de las provincias de la costa de la mar a un hermano suyo que se decía Apu Achache, hombre de mucho valor y consejo; el cual partió delante a entender su visita (…). Llegado el visitador al Guarco, la señora dél, que era viuda, se puso a impedirle la visita y que empadronase sus vasallos, diciendo que no había de consentir que el Inca señorease su estado. (…) El Inca, recebida esta nueva, se rió (…). La Coya entonces pidió al Inca que le diese licencia, que ella se profería de sujetarle aquella mujer sin que le costase un soldado; respondióle el Inca, que en hora buena, que hiciese lo que quisiese. Tomó a su cargo la Coya este negocio y despachó al visitador, dándole parte del camino donde pensaba guiarlo, y mandándole que dijesen a aquella cacica, cómo él tenía aviso del Inca y de la Coya que querían reservar toda aquella provincia para ella, y que en albricias le pidiese le mandase hacer una fiesta solemne en la mar.


La viuda, creyendo ser verdad la nueva que le dio el visitador, concedió lo que le pedía y mandó para cierto día que le señaló el mismo visitador, que todos los del pueblo saliesen a la mar en sus balsas a festejarle; lo cual todo se efectuó; y estando los indios en la mar con sus instrumentos músicos y mucho regocijo bien seguros de la cautela y engaño del visitador, entraron en el pueblo dos capitanes del Inca y se apoderaron dél; lo cual visto desde la mar por la cacica y sus vasallos, no tuvieron otro medio que rendirse. Prendieron los capitanes a la cacica y lleváronsela a presentar a la Coya.


Gastó el rey en esta visita cuatro años. Mandó acabar de edificar las fortalezas y palacios que en muchas partes estaban comenzadas y en otras hizo labrar muchas de nuevo. (…)” (Cobo, ibid.).



Luego de la conquista española del Tahuantinsuyo (1532 d.C.), el virrey Antonio Hurtado de Mendoza fundó la villa de Cañete, en el valle de Guarco, el 20 de abril de 1556. Cerro Azul se convirtió en el puerto de la villa y fue el primer puerto peruano defendido por una fortaleza (Busto, 1973). A partir de esa fecha, se inició el desmantelamiento de las construcciones incas, en especial de la esplendorosa “fortaleza” de Cerro Azul, sus piedras sirvieron para construir la iglesia de dicha villa y diversos monumentos de la ciudad de Los Reyes (nombre colonial de la ciudad de Lima).



SEGUNDA PARTE PUBLICADO EN:

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http://www.islasdelperu.com/2010/07/cerro-azul-arqueologia-ecologia-y-algo.html


POR:

José Antonio Hudtwalcker Morán

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Licenciado de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Miembro ordinario del Instituto Riva Agüero-PUCP. Interés en arqueología marítima y subacuática.



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